sábado, 4 de febrero de 2012

Precisamente, sobre el ocultamiento, el ser femenino parece muy diestro en especializarse para cambiar su identidad. Ayer a las siete de la mañana en el metro, cada tres minutos una mujer pálida sacaba un espejo redondo, una cuchara, una máscara para pestañas, y un desmesurado gusto por un polvo color piel. Ponerse piel encima desde el estado del polvo. Un ritual asombroso, que las une en silencio, que les refuerza la especie y las hace cómplices de una intimidad abismada en el deseo de ser como otra, siempre otra, una distinta de la que sueña desde el otro ocultamiento: el del sueño, hora inversa, en donde la piel vuelve a limpiarse y no tiene nostalgia del polvo que la imita.

No hay comentarios:

Publicar un comentario